No me gustan los cambios. Quiero que las cosas y las personas sean estables, confiables, siempre iguales, siempre felices y, sobre todo, que estén siempre vivas. Conmigo, la muerte no es una opción. Aunque no tengo ningún problema con morirme, nadie a mi alrededor, nadie a quien yo ame, tiene permitido morir, jamás.
Y sin embargo…
Si las cosas son siempre iguales, al cabo de un tiempo me vuelvo loco. ¿Aburrimiento? ¿O es la necesidad de cambio? ¿Por qué necesitaría algo que no quiero o que no me gusta? ¿Por qué quiero algo que no quiero?
Pensándolo bien, parece que los cambios no me molestan. Digámoslo así: me gustan los cambios que llegan cuando los necesito. Tengo una calcomanía en la pared que dice: «Recibo lo que necesito cuando lo necesito». El cambio me llega cuando lo necesito. Visto así, tiene sentido que yo, a quien no le gusta el cambio, acepte el cambio inevitable cuando no hay ninguna otra opción viable. Podría estar enojado todo el tiempo o tirar cosas con rabia (una vez, hace algunos años, se lo hice a nuestra máquina de fax cuando no dejaba de tragarse el papel y las cintas), pero eso no tiene ninguna gracia (las cosas cuestan dinero) y nadie quiere estar cerca de un rey del drama (¿príncipe?). Bueno, no todo el tiempo…
Hay momentos en que no puedo con los cambios. En esos momentos me veo obligado a examinar mi vida con mucha más profundidad de la que me había permitido antes. Definitivamente no estoy en contra de examinar cada aspecto de mi vida, pero no estoy a favor de que ese examen se convierta en un factor constante o en un hambre. Lo hago cuando lo necesito. Si no hay cambios a la vista, hay poco que examinar. Cuando llegan el aburrimiento o la inquietud, los cambios son un alivio bienvenido. Cuando todo está bien y los cambios se me imponen, tengo que considerar profundamente por qué está pasando esto, qué puedo hacer al respecto y, sobre todo, qué es lo correcto.
Ahora que lo pienso, ¡el cambio no me disgusta en absoluto! Me encanta cuando las cosas cambian para bien. La prosperidad repentina, el buen tiempo, reunirme con amigos, mejoras en la salud, renovar la casa y demás son cosas buenas. Los cambios beneficiosos y agradables definitivamente están permitidos.
Cambiemos el tema de este texto. En lugar de llamarse Cambios, ahora se llama:
Cambios negativos
¡Y no me gustan los cambios negativos! Nadie tiene permitido morir, el dinero nunca debe perderse, las casas deben mantenerse en pie para siempre, los amigos deben ser amigos para siempre, la juventud nunca debe marchitarse…
Ese es difícil. Envejecer. En el primer lugar de la lista de cambios no deseados está envejecer. De verdad sucede. No lo podía creer. Me miro en el espejo y ahí está ese viejo. ¿De dónde salió? ¿Qué cree que está haciendo en mi baño? ¿Cómo me deshago de él? ¿Querrá algo de mí? Espero que no, tiene mala pinta. ¿Quizá se está pudriendo y huele mal?
Y así me esfuerzo, día tras día, por mantener el statu quo en una batalla sin esperanza contra este monstruo existencial llamado tiempo, que lo desgasta todo, separa a las personas y trae cambios. A medida que envejezco me pregunto: ¿de qué sirven todos estos esfuerzos? Al fin y al cabo, ¿dónde termina todo esto?
Y entonces entro en mi cuarto de meditación y me siento en paz. Al menos eso nunca cambia.