Está bien, el título es un poco presuntuoso, lo sé. Sin embargo, en este momento de crisis intensa, mientras nos hundimos en una depresión mundial tan grave como la de los años treinta, nos vemos obligados a mirarnos a nosotros mismos para ver qué necesitamos, de manera realista, para sobrevivir. Mi conclusión es que hay un solo recurso con el que puedo contar. El dinero puede perderse a pesar de nuestros intentos por ahorrarlo, las cosas pueden destruirse, los hogares pueden perderse, la tierra bajo nuestros pies puede inundarse, y sucesos extraños e insólitos pueden poner en jaque nuestra propia existencia. A pesar de todo esto, parece que lo único real que tenemos es a los demás.
Mi padre y mi madre vivieron la depresión. Eran tiempos sombríos y tenían poco. Mi padre me dijo anoche: «Uno de los aspectos más interesantes de la gran depresión de los años treinta fue que en esa época teníamos menos comida, y la que teníamos era básicamente una dieta vegetariana. Había poca o ninguna carne, a menos que fueras bastante rico, y la comida sofisticada ni se conocía. Comías menos, y lo que comías eran alimentos básicos. Recuerdo haber oído que en Europa los infartos disminuyeron un 50 %. Parece que la falta de comida opulenta le hizo bien a la salud de la gente que comía de más y comía lo que no debía». Yo agregué algo relacionado que había leído en las noticias: «¡Leí que cuando hubo una huelga de médicos en Los Ángeles (o en algún lado) hace algunos años, la tasa de mortalidad en realidad bajó un 7 %!». A veces, cosas que parecen malas tienen un resultado positivo inesperado. Todos estuvimos de acuerdo en que, en tiempos de crisis, apreciábamos más las cosas sencillas y a los amigos y a la gente que conocíamos. De alguna manera, siempre salía bien, al menos para la mayoría de la gente.
Anoche escuché la radio camino a visitar a mis padres, y los temas que se trataban eran parecidos. Ante la enorme crisis, la gente estaba redescubriéndose mutuamente y redescubriendo las cosas pequeñas, pero significativas, que nos hacen humanos. Cuidarnos unos a otros, trabajar juntos para mejorar nuestra situación, pasar por alto las indiscreciones y buscar lo bueno en las personas, mostrar amor, ser desinteresados, y así sucesivamente, han cobrado nueva vida en un contexto social. Escuché música de la gente de los sesenta, ahora resucitada y escuchada con respeto. El regreso a ideales sin afán de lucro está en el aire. El espíritu revolucionario de finales de los sesenta, ahora revivido y añorado, al menos entre quienes ya lo conocían. Basta de producción y consumo, cantaban, encuentra el verdadero valor de la vida. Los oídos comprensivos del público veían la pertinencia de estos ideales en el contexto del derrumbe de su economía.
Recuerdo que en la universidad usábamos a diestra y siniestra términos como «el complejo militar-industrial», y mi madre me recordó que originalmente lo acuñó el presidente Eisenhower, quien lo había llamado el complejo militar-industrial-congresional, lo cual me suena más cierto si considero la manera en que se ha tirado el dinero por aquí y por allá sin que casi nadie tenga idea de adónde fue a parar realmente.
Me parece fascinante cómo han cambiado las etiquetas que usamos para clasificar a la gente que no nos agrada. Los conservadores del pasado quizá eran más liberales o radicales que los que hoy llamamos liberales o radicales. No quiero meterme en esta discusión aquí, porque es larga y merece un libro, más que esta breve divagación espontánea.
Hoy en día veo a gente aparentemente buena que simplemente se declara en bancarrota para evitar la ruina. ¿Quién paga cuando millones se declaran en bancarrota y dejan de pagar sus cuentas? Y si paga el gobierno, ¿quién lo financia? ¿Yo también tengo que irme a la quiebra para no pagar por otros que lo hicieron antes que yo? Qué horror. ¿En qué momento Estados Unidos se convierte en un enorme esquema Ponzi que paga intereses y rescates con nuevas inversiones en bonos del Tesoro?
Fui un verdadero radical a finales de los sesenta y descarté a la generación anterior por irrelevante. Ahora el viejo e irrelevante soy yo. ¿Revolución? ¿Me estás tomando el pelo? Mis tareas principales hoy en día son recordar dónde puse las cosas (mucho más difícil de lo que crees, por alguna razón), digerir la comida (no tan difícil como encontrar las cosas, porque siempre encuentro mi frasco de enzimas, pero aun así muy arriba en mi lista de pendientes), evitar los estragos de la vejez (una batalla perdida, pero sigo luchando), evitar un aburrimiento atroz (gente, ¿dónde están?) y no irme a la bancarrota (suspiro). Hablo mucho de crear una comunidad de personas que se cuiden unas a otras, que trabajen juntas y que sean amigas, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo en la práctica, ya que todas y cada una de las comunidades creadas en torno a un ideal (religioso o de otro tipo) no han durado mucho. Me resulta extraño proyectar mi conciencia dentro de la mente de mi cuerpo de veinte años y mirar hacia adelante, hacia mí ahora, a punto de declarar en público en este blog: «Toda comunidad se basa en un principio: la solvencia económica». Dios, qué poco idealista suena eso. Qué espantosamente académico. Qué nauseabundamente establecido. En fin…
¿Yo, radical? Para nada. Mi hermana, en cambio, creó este grupo maravilloso de personas en torno al Paper Circle en Athens, Ohio (mira una entrada anterior mía) y, sin pensar en su bienestar personal ni en su progreso económico, ha llevado educación cultural y artística a los miembros más pobres de la sociedad, al punto de darles a los niños a su cargo una comida completa que logró consiguiendo que restaurantes y mercados donaran para estos chicos. Desinteresada. Esto saca de quicio a mi madre, porque mi hermana no se cuida a sí misma (o eso cree mi madre). Yo creo que se cuida de maravilla y que, a pesar de su descuido con sus finanzas personales, siempre será rica, porque tiene muchísimos amigos. Creo que esos amigos siempre se mantendrán unidos para enfrentar cualquier situación que se les presente.
Después de todo, ¿qué otro recurso hay cuando se acaba el dinero y estás con el agua hasta las rodillas? John dijo: «All you need is love», y aunque me parecía un sentimiento bonito, le encontraba fallas cada vez que pensaba en todas las demás cosas que suponía que necesitaba. Ahora me lo pregunto. El amor y la amistad parecen hacer que todo funcione de alguna manera. Pero, y este es un pero muy gordo, sobre todo cuando uno es perezoso y quiere usar a los amigos como forma de evadir la responsabilidad personal, la amistad y el apoyo mutuo dependen de nuestra disposición a contribuir. Una comunidad es tan fuerte como el deseo de todos sus miembros de contribuir a ella. Si hay quienes quieren aprovecharse de la comunidad sin contribuir, la comunidad muere.
Una vez más, no tengo una respuesta. De alguna manera, creo que aparecerá una respuesta cuando nos veamos obligados a formar comunidades y a trabajar juntos para sobrevivir. Creo que eso podría gustarme.